¿El Papa León XIV ha marcado para la Jornada mundial del 1 de enero de 2026 la petición a los cristianos de conseguir una paz que resuelva los conflictos, abra los corazones y genere confianza mutua, empatía y esperanza. Advierte también que no basta con pedirla, sino que debemos encarnarla en la vida. ¿Cómo lograrlo?
Los humanos trabajamos por la paz entre personas y naciones. El Papa pide que sea desarmada, no basada en el miedo, las amenazas ni las armas; y desarmante para resolver las diferencias.
Sobre la paz humana, está la paz que da Dios y que es un regalo, una gracia gratuita, que cada quien acoge o deja pasar. Si todos queremos esa paz profunda, necesitamos acercarnos a ella y cultivar en el propio interior.
Catholicnet recoge aquí reflexiones y aplicaciones para quien desea alcanzar la paz que Dios da. Conocer sus rasgos ayuda a cultivarla en el propio corazón. Adentrarse en su paisaje reporta el gran fruto de la serenidad interna.
La paz que solo Dios da Paz y espiritualidad
P. Fernando Pascual, L.C. Equipo Gama-Virtudes y Valores
¿Existe una relación entre la paz que disfrutan pueblos e individuos y la espiritualidad que cada individuo alberga en su corazón?
La paz es una conquista deseada. Promover espiritualidades sanas reduce los conflictos entre las personas. Cultivar valores cristianos facilita el crecimiento espiritual y favorece la paz. En un mundo agitado por mucha violencia, crecer interiormente es gran logro.
Hay un dato inicial: existen batallas entre personas y entre pueblos. Y hay combates internos en el corazón humano. El enfrentamiento entre ideas y emociones, deseos y proyectos, decisiones y resultados siembra inestabilidad en el alma.
Es difícil sentir plena satisfacción con los propios impulsos. El dinamismo interior abre tensiones internas, lucha que se refleja en las acciones o frases que ofrecemos a los demás. Ante la dificultad, algunos aceptan la tensión con serenidad, con optimismo, incluso con sana dosis de humor. Otros la viven en modo dramático, trágico, generando reacciones graves para sí y para los demás.
La espiritualidad es el enfoque profundo desde el que valoramos anhelos, conductas y trabajos. Según el horizonte que cada quien tiene, las tensiones inevitables pueden manejarse con equilibrio y tener paz interna. Los conflictos interiores no impiden la paz personal ni construirla con quienes están cerca.
Hay espiritualidades diversas. Está la espiritualidad realista, que asume las propias responsabilidades, reconoce los errores personales, pide perdón a sí, a Dios o a los demás, logrando mayor paz interior, como hizo el publicano (Lc 18,19-14).
Hay espiritualidad ingenuamente optimista, que camina sin plantearse preguntas serias, sin observar los peligros y tensiones, con choques y fracasos que generan derrota y amargura, que llevó al hijo pródigo a salir de su casa (Lc 15,12-13).
Hay espiritualidad pesimista, cerrada, dominada por el miedo y la sospecha, que frena el mínimo de energías para una psicología sana, en paz, como sintió el hermano mayor en Lucas 19,25-30.
Y hay espiritualidad consumista, tecnicista, que subordina los juicios y las opciones según el grado de satisfacción que aportan los productos adquiridos o el zambullirse en las redes digitales para escapar del compromiso.
Según su espiritualidad, cada quien se mueve en el propio ambiente. Unos vuelcan sus tensiones en la familia, en el trabajo, en la calle o en las vacaciones: es el automovilista acelerado que vive sin paz, controlado por la amargura y la rabia. Y hay otros que difunden serenidad y alegría, creando remansos de armonía y concordia, como el familiar equilibrado, el compañero de trabajo tranquilo y reflexivo, la persona sonriente que ofrece el gesto amable y relajado.
Igual sucede en pueblos y naciones. Los conflictos que destruyen y dañan algunas regiones nacen de situaciones económicas y políticas muy complejas, sin quitar que haya individuos, pueblos y culturas que superan las pruebas desde su corazón pacífico. Frente a ellos, aparecen personas y grupos llenos de rabia, a veces financiados para agredir a soldados, policías o personas inocentes.
Surge así el conflicto sangriento que desgasta y destruye esfuerzos de muchos en la edificación de una sociedad más justa y pacífica.
La paz es una conquista que deseamos para todos y en todos los niveles. Cultivar la espiritualidad cristiana mediante el amor y el acercamiento reduce los conflictos y levanta caminos de diálogo entre personas, grupos y culturas. Alejarse de una espiritualidad violenta y desequilibrada reduce los daños y el sufrimiento de víctimas inocentes.
Cada vez que se ora; cada vez que se hace el propósito de escuchar y comprender al familiar o conocido; cada vez que se cuida el silencio o se hace un acto de humildad, se forma un corazón pacífico.
Alimentar el amor y contener el egoísmo, arrancar un rencor y marginar un ideal falso, aleja los conflictos dañinos.
Nutrir el hogar, la escuela, la parroquia o el ambiente laboral de sonrisas, conversación tranquila y reconocimiento de las buenas aportaciones de los otros, trae paz y concordia. Seamos instrumentos de la paz del Señor. Así cosecharemos un mundo mejor.
Espiritualizarse: un camino para la paz interior y la armonía en el mundo
Llucià Pou Sabaté Catholic.net
La fiesta de Epifanía alegra los rostros de los niños y contagia a los adultos. Es fruto de la aparición de una Estrella, que conduce a quien es el origen de la Luz. Como los magos de oriente, todos necesitamos la estrella que nos guíe y el punto de llegada donde encontrar el tesoro superior a los propios talentos que ofrecemos. Todo se logra si hay un cambio interior.
Cuenta la mitología que la divinidad creó a los hombres a su imagen y semejanza. Uno de los dioses dijo: “Serán fuertes, invencibles, sabios y eternos. Querrán ser dioses como nosotros. Y deberíamos hacérselo trabajar para que aprendan a encontrar la felicidad. Tenemos que esconderla donde ellos no lo imaginen y les cueste alcanzarla”.
El dios de los vientos propuso llevarla a la cima de una alta montaña, pero advirtieron que lograrían subir hasta ella, venciendo la fatiga y el desaliento. Neptuno dijo de esconderla en el fondo del mar, pero le hicieron ver que los hombres sabrían llegar a las profundidades y encontrarla. Zeus dijo: “Si la ocultamos lejos, llegarán fácilmente a ella”. Y le preguntaron: “Entonces, ¿dónde esconderla?”. Zeus respondió: “La esconderemos en lo profundo de su corazón. Saldrán a buscarla en los lugares más lejanos, desconocidos y profundos. Al final, aprenderán y se darán cuenta de que la felicidad está en su interior”.
Los humanos hemos escalado montañas y hasta la Luna; hemos visto el agujero negro de nuestra galaxia; hemos penetrado en los misterios de las pequeñas partículas que componen cuanto existe. Nos toca obtener la paz, que es la base para ser felices. ¿Cómo? Entrando dentro de nosotros, abriendo los ojos al mundo espiritual.
El libro «Espiritualizarse» de Rafael Domingo Oslé y Gonzalo Rodríguez-Fraile Díaz (Amazon 2022), proponen con aguda inteligencia una profunda búsqueda personal. Desde su ambiente, cruce de culturas en Estados Unidos, hablan de la espiritualidad como base para la paz interior y la paz social: “En este libro abordamos el tema de la paz desde una perspectiva espiritual”.
¿Qué relación tiene la paz con la espiritualidad? ¿Qué relación tiene la paz mundial con la paz personal? Al indagar en la paz y la felicidad, la espiritualidad muestra que el ego causa problemas, pero puede trascenderse, entrando en la interioridad y, como un iceberg, trasciende al exterior. Si llevamos paz, se extenderá a nuestro alrededor; si muchos llevan la paz, habrá más paz, pues la espiritualidad y la ética están en la conciencia humana.
Hubo un tiempo de teocracia donde se quería mandar en nombre de Dios y la religión. Luego vino una época donde la razón se absolutizó y olvidó las facetas más interiores de la persona y su alma. “Espiritualizarse” habla de unirse a algo superior que reconduce todo hacia el bien, aceptación de la divina voluntad, que supera resignación y llena de esperanza.
La antropología corrige las deformaciones racionalistas que enferma el alma: la verdad o es transformadora o no es verdad. La filosofía moderna es descriptiva sobre la persona sin mejorarla por absolutizar la razón. La persona es un espíritu encarnado. El equilibrio entre el espíritu y la corporalidad está en crecer, en aprender. Controlar la vida con la sola razón pierde el sentido. Se requiere dejarse llevar por la energía divina que nos acompaña.
Estamos en una época de conflictos y guerras, entre ellas la de Ucrania. Estamos en una época con procesos de cambio profundos como la inteligencia artificial y la realidad virtual que se infiltrarán en todo. Necesitamos no perder el alma en la era de la tecnología. Ante una global deriva en choque de civilizaciones, necesitamos un humanismo de constructores de paz: alianza de civilizaciones, fraternidad universal como el proyecto del Papa Francisco o la civilización del amor que pidió san Juan Pablo II.

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